El puente del Conde
Hubo un tiempo en que proliferaban los embalses, obras cargadas de riqueza y simbolismo, que el tiempo fue poniendo en su lugar. Entonces se priorizaba la creción de zonas de regadío, aunque ello implicara la desaparición de pueblos enteros, trasladados en la huida de la cota de inundación del pantano.
Uno de estos embalses fue el de Valdecañas, en la provincia de Cáceres, conteniendo las aguas del río Tajo. Su construcción, mediante una hermosa presa de bóveda, afectó a la localidad de Talavera la Vieja, así como a las ruinas una antigua villa romana, Augustóbriga, en el mismo lugar, trasladándose los restos más emblemáticos a un lugar que salvara las futuras aguas, la columnata de “Los Mármoles”. En 1963, definitivamente el agua cubrió el pueblo y las tierras del entorno.
Así las cosas, en las inmediaciones, salvando el cauce del Tajo, existía un puente al que apodaban “del Conde”, en tierras del término municipal de Berrocalejo, citado como romano, formando parte de una vía subsidiaria que unía a su paso las poblaciones de Augustóbriga con Caesaróbriga (Talavera de la Reina) algo ciertamente posible dada la proximidad de la primera de ellas.
Su posición permitía comunicar las tierras del II Conde de Miranda, Diego López de Zúñiga, quien tras heredar el título de su padre a fines del siglo XV, reparó el puente y modificó su rasante, para facilitar el paso de los ganaderos de la Mesta, cobrando así los correspondientes derechos de portazgo.
Este puente era una de las pocas opciones de cruzar el río Tajo en la provincia hasta estallar la Guerra de la Independencia (1808 a 1814), junto con los de Alcántara, del Cardenal y Almaraz. Su importancia estratégica entonces hizo que todos ellos fueran volados (destruyendo uno de los arcos que los componían) en el transcurso de la contienda, impidiendo el avance de las tropas francesas, si bien uno tras otro fueron reparados a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, todos salvo el puente del Conde en Berrocalejo.
Y en estas condiciones, tras más de un siglo y medio sin repararse, se construye la nueva presa, sin ningún reparo en cubrirlo, y sobre todo sin ningún estudio (aparentemente) del puente, para al menos dejar constancia del mismo, quizá por carecer de valor (es posible que nada quedara de su fábrica romana, si alguna vez la tuvo), considerándolo como un puente más en ruinas.
Hoy es posible verlo asomar, cuando la cota marcada por el funcionamiento de la presa lo permite, reivindicando su posición, tomando una bocanada de aire para el resto del año, en que permanece hundido en las aguas del Tajo, antes violento, ahora embalsado y dominado.
Fuentes: Ayuntamiento de Berrocalejo, Berrocalejo, La escisión de Campo Arañuelo
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