2010

25 Noviembre, 2007

Hay años que quedan marcados en el recuerdo, pero seguro que ninguno significó tanto para un país como 1992. Entonces la globalización se hizo eco del despegue de un país como España, a costa de dos grandes eventos: las olimpiadas de Barcelona, y la exposición universal de Sevilla. Como apoyo a una de estas, en los años previos se ejecutó la “gran obra” en cuanto a infraestructuras se refiere: la primera línea de alta velocidad española, que uniría Madrid  con Sevilla.  Cuatro años tardó en ejecutarse, a tiempo para la inauguración de la Expo.

Pues bien, leo hoy en la prensa digital, a estas horas intempestivas a las que me empuja el llanto inconsolable de mi hijo,  que la alta velocidad prometida para Extremadura, de cuyas características poco o nada sabemos, estará completamente terminada en el año 2010. El posible trazado será algo menor que el de la línea Madrid-Sevilla, y servirá para unir Madrid con: Plasencia, Cáceres, Mérida, Badajoz y “la raya”. Efectivamente, un esfuerzo superior al de 1992, con la salvedad de que carece de objetivo claro, o al menos representativo. Peor eso sí, inaugurada en 2010.

Por supuesto ese plazo jamás se cumplirá, si bien en vísperas de unas elecciones generales no serán los políticos los que saquen a relucir el sentido común. Pero, ¿por quién nos toman?

¿Podrían al menos vendernos el producto, antes del plazo de recepción? Velocidades, anchos de vía, número de trenes previstos, paradas, subestaciones eléctricas,…

Supongo que nada o casi nada de esto debe estar claro, así que vale, el 2010, año de… ¿de qué?